Al otro lado de ese envoltorio al que llamamos hogar la climatología está más animada que el grupo de whatsapp de padres del colegio. Con más avisos de alerta que el saldo de la tarjeta del banco a fin de mes, el viento se mueve con tal velocidad que por arrastrar es capaz de despojarte hasta de esa falsa sensación de seguridad a la que queremos aferrarnos día a día.
Ante ese panorama, te debates entre encomendarte a una entidad divina o a las autoridades gubernamentales en espera de su protección, que sí, que sí, sigue esperando.
Aderezada por el fuerte vendaval la lluvia parece dibujar un paisaje abstracto suspendido en medio del espacio que queda libre entre la orografía urbana, o eso que denominamos edificios.
Y es que los árboles que llevan aquí mucho más tiempo que yo, parecen haber aprendido tiempo atrás que no hay nada mejor que la flexibilidad para hacer frente cuando se desata la tempestad.
Estás tan preocupado por que tus pies entren en calor mientras te retuerces dentro de una manta que casi pasas por alto que mientras que los ventanales zimbrean intensamente, tu hijo duerme plácidamente ajeno a las adversidades climatológicas. Y en ese momento te preguntas por el instante en que dejaste de ser niño para convertirte en una dudosa copia de Batman, un ser oscuro que cree que él solo puede derrotar a los malos.
Pasan los minutos, las horas y tú sigues quieto, sin poder salir al exterior haciendo acopio de una capacidad de permanencia mayor que la de esos peremnes espacios televisivos educativos de la 2 de TVE.
Y sigues queriendo descifrar cuál es el mensaje que quiere enviarnos la madre naturaleza preso de la negación evidente ante el hecho de los abusos medioambientales. Y pegas la oreja al cristal de la ventana cada cinco minutos esperando escuchar como amaina el temporal, deseoso de poder volver a salir a embriagarte del habitual ritmo frenético de actividad y escapar así de la oscuridad de esa caverna a la que desciendes cuando estás a solas contigo, frente a tus pensamientos.
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