Ya ha ocurrido. El último polvorón se deshizo en migajas, los Reyes Magos han puesto rumbo a Oriente (probablemente en un vuelo low-cost) y tu salón parece el escenario de una batalla campal donde el único superviviente es un trozo de chocolatina pegada al rodapié.
Para los que vivimos la Navidad con una intensidad casi mística, este momento no es una simple vuelta a la rutina; es un exilio espiritual. Pero antes de que te sumerjas en la melancolía del "Enero Oscuro", hagamos un ejercicio de introspección (con un toque de realidad).
La Purga de los Excesos: ¿Era Iluminación o Glucosa?
Miremos hacia atrás con esa lente irónica que solo da el empacho. Durante tres semanas, hemos perseguido una trascendencia espiritual a través de:
La mística del cuñado: Ese ritual ancestral donde un pariente te explica la geopolítica mundial mientras sostiene una copa de cava tibio. Una prueba de paciencia que ni un monje budista superaría.
El milagro de la logística: Esa fe ciega en que catorce personas pueden cenar cómodamente en una mesa pensada para cuatro, desafiando las leyes de la física y el espacio-tiempo.
El ascetismo del ticket de compra: Hemos visto cómo nuestras cuentas bancarias alcanzaban el "Nirvana": se quedaban totalmente en el vacío absoluto.
Admitámoslo: esa "paz interior" que sentíamos quizá era simplemente un coma inducido por el azúcar y el alivio de que, por fin, alguien hubiera encontrado el ticket regalo del jersey de lana picante.
El Lado Luminoso del "Desierto" de Enero
Ahora que las luces de la ciudad se han apagado, entramos en la fase del Desierto Post-Turrón. Pero no te equivoques: este vacío es fértil. Es el momento de abrazar nuevos "dogmas" que nos mantendrán a flote hasta que huela a torrijas:
El Culto al Silencio (y al Pijama): Se acabó la obligación social de ser feliz a golpe de pandereta. Ahora puedes practicar la meditación profunda frente a tu plataforma de streaming favorita sin que nadie te obligue a cantar "Hacia Belén va una burra".
La Liturgia del Caldo de Verduras: Tras semanas de excesos que harían palidecer a un emperador romano, el humilde puré de calabacín se convierte en un maná sagrado que purifica tu templo (tu cuerpo).
La Profecía de la Primavera: Enero es el mes de los planes que nunca cumpliremos, pero ¡qué bien se siente soñarlos! Es el momento de apuntarse al gimnasio con la fe del converso o de planear ese viaje místico a la sierra donde, esta vez sí, conectaremos con la naturaleza (y no con el buffet del hotel).
La Navidad es como un gran fuego artificial: brillante, ruidoso y efímero. Lo que queda después no es la ceniza, sino la calma necesaria para volver a encontrarnos con nosotros mismos, lejos del ruido de los villancicos en bucle del centro comercial.
Mantén viva la llama, pero quizás baja un poco la intensidad del incienso. Al fin y al cabo, si siempre fuera Navidad, ¿cómo íbamos a valorar el bendito placer de que nadie nos pregunte cuándo nos vamos a casar o por qué no comemos más cordero?

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